Hasta hace pocos años sentía la necesidad de dar una explicación o argumentar cada acción u opinión que emitía; en ese entonces creía que debía justificar el porqué de casi todo. Hoy, sin embargo, conforme he madurado, me he quitado ese peso de encima. Ya no quiero justificar ni explicar cada acto; prefiero el silencio y cuidar mi energía. De alguna manera, esta forma de actuar me ha liberado. Ya no importa mucho, en realidad casi nada, lo que diga la mayoría o la imagen que tengan de mí.
El silencio marca un límite y evita que la vida se convierta en un tribunal permanente de sentencias, juicios y valoraciones. Además, es una decisión honesta, porque explicar o validar algo muchas veces exige construir argumentos para agradar a otros, cuando en el fondo no existe esa intención. El silencio es poder, más aún cuando el conflicto asedia —algo tan común en nuestra sociedad— y resulta más elegante optar por callar. Dice un refrán que “hay silencios que pesan más que mil argumentos”; a veces es mejor cerrar un episodio que verse obligado a aclararlo.
Le voy a contar una anécdota zen. Un discípulo visitó a un viejo sabio y comenzó a hablar sin parar. Le explicó sus dudas, miedos, opiniones, teorías de la vida y procesos de iluminación. El maestro zen escuchó en silencio y le ofreció té. Sirvió una taza y la siguió llenando hasta que el líquido empezó a derramarse sobre la mesa. El visitante dijo: “Por favor, pare, la taza está llena, no cabe más, maestro”. Entonces el sabio respondió: “Así estás tú, lleno de palabras, ideas y explicaciones. ¿Cómo podrías recibir algo nuevo si no te vacías primero?”. El discípulo guardó silencio y comprendió.
Comparto otra anécdota. Un joven monje preguntó a su maestro: “¿Qué es la verdad última?”. El sabio levantó el dedo y guardó silencio. El monje esperó; pasaron cinco minutos, luego horas, y no obtuvo una sola palabra. Entonces insistió: “Maestro, ¿por qué no me respondes?”. El maestro sonrió y dijo: “Ya respondí”.
Le invito a buscar en internet la historia de cuatro monjes que decidieron meditar en silencio y fracasaron en el intento debido al ego y a la necesidad de explicar las formas. Deja una lección sencilla: callar es gestión de emociones y una señal de inteligencia.
En un mundo y en un sistema donde todo quiere mostrarse y exhibirse, y donde el ruido es cada vez más alto —como ocurre en la clase política del país, que muchas veces habla en demasía sin decir nada—, el silencio honra a uno mismo y es una muestra de respeto por los procesos que estamos viviendo. No es necesario amplificar el ruido del sistema: el silencio es una elección y una opción de paz.

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